Toda la sala parecía vibrar al ritmo de un jazz discreto.
La tenue iluminación se deslizaba suavemente sobre los manteles blancos impecablemente planchados. Las copas de vino brillaban como joyas bajo las lámparas colgantes. El restaurante era uno de esos lugares que no se visitan a menudo, pero que se recuerdan durante mucho tiempo.
Un lugar para ocasiones especiales.
Sin embargo, en esa mesa, no había celebración.
Era una demostración.
Y yo era el objetivo.
Permanecí sentada en mi rincón de la mesa, con las manos entrelazadas en el regazo. Delante de mí, un simple vaso de agua del grifo. Nada más.
A pocos centímetros, platos de langosta se apilaban frente a los demás comensales. La mantequilla derretida relucía a la luz, y las copas de vino blanco se llenaban y vaciaban con una elegante coreografía.
Pero frente a mí, nada.
Marlene alzó el tenedor con una sonrisa de satisfacción.
—No queremos que mamá coma demasiado.
Habló en voz alta para que todos la oyeran.
Sus padres rieron suavemente.
Mi hijo, Michael, ni siquiera levantó la vista de su plato.
«Mamá siempre ha sido… sencilla», dijo con calma.
Sencilla.
La palabra quedó suspendida en el aire.
Sencilla.
Como si toda una vida pudiera resumirse en esa sola palabra.
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